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lunes, noviembre 16, 2009

Una pantalla propia

Una pantalla propia

Por: Alberto Fuguet*

No quiero que todo sea virtual. A veces siento que las mejores mentes de mi generación se van a perder en Twitter. Quiero usar la tecnología y estar conectado, pero no tanto. Uno se olvida de reconectarse consigo mismo. Por eso agradezco que se me haya cruzado WriteRoom, el software que con su pantalla negra y su estática Pong te aisla agradablemente del mundo.

Estoy escribiendo este ensayo-columna-artículo en un software especial llamado WriteRoom, creado por Hog Bay Software. Un amigo me envió el link y me dijo "apúrate, es gratis por cinco días más". No estaba de cumpleaños, pero ha sido uno de los grandes regalos que he recibido este año. Además, el link me llegó en un momento clave: justo cuando sentía que ya tenía demasiada información en la mente, 44 mails sin responder en mi casilla de borradores (raro como uno empieza a odiar a la gente que te escribe, ¿no?) y una promesa personal de no ingresar a Twitter por mucho que todos me insisten en decir que cada vez estoy más "2006".

Quizás.

De inmediato lo descargué y ya estoy adicto a este nuevo invento tecnológico que, como todas aquellas grandes creaciones, lleva a la práctica algo en extremo simple. En este caso, la sensación y la sensualidad y la confianza que ocurre o ocurría cuando alguien escribía en papel.

El software, al que ya bauticé como A Room of My Own, para citar a Virginia Woolf, mujer algo alterada que, se me ocurre, no hubiera sido capaz de soportar tanto ruido digital externo, es genial. El concepto es tan, tan anti-tecnología que uno se olvida que es gracias a la tecnología que el programa te permite desenchufarte.

Cuando alguien escribía algo que le importaba en silencio.

El software, al que ya bauticé como A Room of My Own, para citar a Virginia Woolf, mujer algo alterada que, se me ocurre, no hubiera sido capaz de soportar tanto ruido digital externo (de hecho, no fue capaz de tolerar el suyo), es genial. Cumple con creces lo que promete. No soy programador y no tengo claro cómo se logra, pero el concepto es tan, tan antitecnología que uno se olvida que es gracias a la tecnología que el programa te permite desenchufarte.

Aislarte.

Alejarte.

No sólo del 2009 sino que te lleva lisa y llanamente a la era del Pong.

Con una estética retro, un color verde-NASA que ninguna marca de jalea se atrevería a colocar en el mercado y un cursor que parpadea como si fuera un ex novio de Miss Pac Man, lo cierto es que el tipo (supongo que es un tipo porque el concepto es extremada y masculinamente geek y de alguien que entiende lo importante de cerrar la puerta y ponerle doble candado) que inventó esto tiene algo de genio. De iluminado. Claramente entiende el estado de las cosas. Sabe que estamos bendecidos por la tecnología, pero también entiende que para realmente poder estar despierto es clave dormir todas las noches.

Facebook

Es clave apagar la tele.

La verdadera gracia de WriteRoom es una: te aísla del mundo para que puedas escribir apagando/negando el propio computador en el cual estás escribiendo. Tal como partió todo en los 70. WriteRoom te da una pantalla propia negra y te deja escribir y escribir con una letra verde. Como gran extra, te marca en rojo cuando tu ortografía te traiciona o estás tipeando demasiado rápido. Eso es más o menos todo. Todo. Sin extras, sin inventillos cool. Básico. El programa incluso no piensa en caracteres, piensa en palabras. Cuando terminas o deseas salirte, te guarda lo que has escrito en el más simple de los formatos: texto o .txt (¿alguien realmente usa todo lo que le ofrecen los procesadores de palabras?). Luego, cuando ya has terminado, y si uno desea, inserta lo que escribiste en silencio en un documento Word o en Final Draft o en un blog o lo subes a Facebook o al invento del mes.

Lo genial de WriteRoom es todo aquello que no tiene: no te ofrece mucho y en esa cero-oferta está su sabiduría. Eso es todo. Y no es poco.  Esta pantalla negra que se apodera de tu computador no te deja ver tus documentos o tu screen-saver. No te deja multi-taskear o ver, vía Growl, qué nuevo mail te llegó. Tampoco te enteras cómo va tu bajada de torrent o quién twitteó o actualizó su blog. No te deja navegar, escuchar música, ver tonteras en YouTube. No sabes qué hora es ni qué noticia está acaparando la atención de los demás, de los que están "allá afuera". Ya no necesitas buscar un sitio donde no haya conexión wifi. Si uno desea googlear algo o contestar un mail, debes salirte de tu pantalla negra tipo pizarrón. Y cuesta salir. Cuesta porque sabes que debajo de esa gran cortina de terciopelo negro está el mundo. El real, el digital, la suma de los dos. Aquellos que escriben saben que, para escribir del mundo, el mundo es tu peor enemigo.

Creo en la red, creo en la banda ancha, y a pesar de celebrar cada invento tecnológico, me gusta el ruido de la campana que anuncia el fin de una descarga. Sin embargo, aún creo en el cara a cara, creo que es mejor hablar corto por teléfono que enviarse mails largos, sigo sospechando que tener 352 amigos en Facebook es señal de soledad.

Antes, al menos, el mundo estaba más lejos. Era ancho y ajeno y descansaba.

Con este software he escrito más, he podido cerrar el computador sin tener que apagarlo. Pero uno lo apaga mentalmente. WriteRoom tiene una meta clara: que apagues todo. Y si uno coloca en silencio su celular, mejor. Las cosas sí pueden esperar. Lo que no puede esperar, lo que no admite espera, es la conexión profunda. Y me he sentido más conectado a lo que escribo que cuando, hace unas semanas, escribía de a trozos o a borbotones, pensando en otra cosa.

A veces pienso que, en rigor, soy 1.5 para usar la jerga. Quiero estar conectado, pero no tanto. No quiero ser un resentido antifuturo y seguiré insistiendo que el pasado siempre ha sido peor, pero tanto presente me está superando.

En rigor, me superó.

Quiero usar la tecnología, quiero sacarle provecho, descargo podcasts y leo The New York Times antes que Manhattan despierte, pero no quiero que me domine. No quiero que todo sea virtual.

Pienso en Allen Ginsberg y su famoso verso: he visto a las mejores mentes de mi generación perderse en manos de la locura. A veces siento que las mejores mentes de mi generación se van a perder en Twitter. He visto esos ojos idos que navegan y navegan horas y no encuentran nada. He visto esos dedos hinchados y rojos de tanto chatear con gente que no quieren conocer. He visto conversaciones entre dos donde el BlackBerry termina interponiéndose como un muro.

Creo en la red, creo en la banda ancha, y a pesar de celebrar cada invento tecnológico, me gusta el ruido de la campana que anuncia el fin de una descarga, pero tengo claro que, al menos para mí, mucho puede ser, a la larga, poco.

Aún creo en el cara a cara, aún creo que es mejor hablar corto por teléfono que enviarse mails largos, sigo sospechando que tener 352 amigos en Facebook es señal de soledad o, al menos, de ansiedad digital.

Una cosa es estar conectado y otra, muy distinta, desconectarse de sí mismo por tratar de estar conectado.

* Periodista, escritor y cineasta.

FUENTE: quepasa
CONSULTEN, ESCRIBAN OPINEN LIBREMENTE
Saludos
RODRIGO GONZALEZ FERNANDEZ
DIPLOMADO EN RSE DE LA ONU
DIPLOMADO EN GESTION DEL CONOCIMIMIENTO DE ONU
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