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lunes, octubre 27, 2008

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Así dejé la masonería Cambiar el tamaño del texto
Durante 15 años, el doctor Caillet fue miembro activo de una logia. Ahora revela en un libro todos sus secretos y los motivos por los que tiró la toalla 

Madariaga, ayer en su domicilio - Efe
Maurice Caillet llegó a alcanzar el grado 18, de un total de 33, en la logia masónica del Gran Oriente de Francia
E. Villar - Madrid
El doctor Maurice Caillet entró en la masonería como tantos otros: con los ojos vendados, la cabeza gacha y un papel en blanco en el que debía escribir su testamento filosófico. Salió 15 años después, en 1985, como no lo ha hecho prácticamente nadie: denunciando ante sus «hermanos», en voz alta, las contradicciones de una organización que ha hecho del secreto su razón de ser. Pero es ahora, dos décadas después, cuando se ha decidido a romper, públicamente, aquel voto de silencio. Su autobiografía, «Yo fui masón», que trae a España la editorial Libros Libres, tiene el valor de ser un rareza: la de que un miembro de la Masonería denuncie, en vida, a la Logia a la que perteneció. 
La historia de Caillet comienza una tarde de 1970, aquella en la que llamó a la puerta de un templo escondido en una «discreta calle», adornado con una esfinge con alas y un triángulo con un ojo en su interior... «Señor, ha solicitado ser admitido entre nosotros. ¿Su decisión es definitiva? ¿Está usted dispuesto a someterse a las pruebas? Si la respuesta es positiva, sígame». Aquel joven de 36 años aceptó sin dudar la invitación. «Hice un gesto de aquiescencia con la cabeza. Me puso entonces una venda negra sobre los ojos, me cogió por el brazo y me hizo recorrer una serie de pasillos. Empecé a sentir cierta inquietud, pero antes de poder formularla oí cómo se cerraba la puerta detrás de nosotros...». 
Sin bautizar 
Posiblemente, así debería arrancar Caillet su testimonio. Pero antes prefiere poner las cosas claras ante el lector. «Nací en 1933, de padres que habían rechazado cualquier tipo de religión, se casaron por los civil y no me bautizaron. Nunca entré en la iglesia del pueblo, para mí un lugar misterioso y temido». Y no sólo eso. El autor confiesa haber sido ferviente seguidor de un buen puñado de «ismos» (ateísmo, materialismo y positivismo) que tuvieron mucho que ver en su decisión de acogerse a los principios de la masonería. Su currículum como médico especializado en Ginecología era sorprendente: practicó abortos y esterilizaciones antes de que fueran legales y, una vez autorizadas, se convirtió en uno de sus más activos defensores. En el plano personal las cosas le iban peor: se separó de su esposa y un juez le obligó a abandonar su casa y a sus tres hijas. Fue entonces cuando un amigo le aconsejó ingresar en el Gran Oriente de Francia, que se convirtió en su auxilio espiritual. Allí pudo comprobar hasta qué punto la fraternidad entre masones mueve montañas. Primero, cuando uno de los presidentes del Tribunal que debía juzgar su divorcio, masón como él, se saltó la ley a la torera para interceder por él en el juicio, y luego cuando consiguió una suculenta plaza en la Seguridad Social gracias a otro «hermano durmiente». 
Con el viento de cara, su carné socialista y su cada vez mayor presencia en la red de poder de Mitterrand (doce de cuyos ministros eran masones), la vida de Caillet dio un giro inesperado. Su nueva esposa, su enfermera Claude, cayó enferma y él, en una idea «impropia de un masón ateo», le propuso hacer una visita a Lourdes. Ahí empezó lo que él llama su «transformación». 
«Ahora nadie me contrata» 
Tras asistir a su primera misa, sintió la imperiosa necesidad de pedirle al sacerdote que le bautizara. Después vino la conversión al catolicismo de su esposa y una carrera contrarreloj por recuperar el tiempo perdido y predicar su nueva fe incluso en la propia logia. Lo hizo en la que iba a ser su última intervención, que aprovechó para defender la existencia de Cristo invocando a historiadores como Tácito, Suetonio o Plinio. Pero pagó cara su osadía. En su autobiografía denuncia que tanto él como Claude tuvieron que dejar el trabajo por las numerosas presiones sufridas. «Desde entonces no he encontrado un puesto en ninguna administración pública o semipública, a pesar de mi rico currículum», asegura en conversación con este diario. Pero no se arrepiente de su arrepentimiento. 

En el Gobierno de Sarkozy
Caillet denuncia en su libro todos los rituales y prácticas de la masonería, entre ellas la obligatoriedad de ayudarse entre sus miembros. ¿Sigue siendo así hoy en día? «Los ??favores?? son corrientes en Francia -afirma a este periódico-. Ciertas logias tratan de ser virtuosas, pero el secreto que reina en estos círculos favorece la corrupción. En la Fraternal de los Altos Funcionarios, por ejemplo, se negocian ciertas promociones, y en la Fraternal de Construcciones y Obras Públicas se reparten los contratos, con consecuencias financieras considerables». Y eso que, según Caillet, en el actual Gobierno de Nicolas Sarkozy sólo hay dos masones. 


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Saludos
Rodrigo González Fernández
Diplomado en RSE de la ONU
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